El miedo a la hoja en blanco es una sensación que todos hemos sufrido; da igual que que tengas intención de ser escritor o que tan solo sea un impulso que nos ha surgido de forma espontánea porque nos ha surgido la inspiración.

Es una frase que todos hemos escuchado e incluso habremos dicho en infinidad de ocasiones; pero creo que es mentira.

No tenemos miedo a la hoja en blanco, sino a escribir, a no ser capaces de plasmar con palabras lo que tenemos en nuestra imaginación.

Este problema surge, sobre todo, porque como ya he comentado en otras entradas no sabemos escribir. Nos enseñan a construir oraciones, nos pueden explicar que debemos utilizar sinónimos, no repetir una misma palabra…

Miedo a la hoja en blanco
Pero a la hora de «escribir» todo eso no nos sirve de nada. Es en este punto cuando se debe mezclar todo. El talento, la disciplina y la teoría.

Debemos trabajar todos los aspectos y eso es aburrido, requiere dedicación, práctica y sobre todo fracasar y escribir auténticos bodrios que no se quiere leer ni nuestro mejor amigo.

Y ese momento en el que lo tenemos claro en nuestra imaginación e intentamos volcarlo a la palabra escrita es cuando nos falla tanto la dedicación como la técnica y para no reconocer nuestra falta decimos tener: «miedo a la hoja en blanco».

Si escribimos, no hace falta a diario, semanalmente y criticamos nuestro propio trabajo podremos mejorar. Si estudiamos técnica y nos preocupamos por construir frases concisas no hará falta repetir lo mismo una y otra vez.

No olvidemos otra máxima: «muéstralo, no lo digas». Está relacionado con este mismo problema, al no practicar e intentar corregir nuestros defectos no somos capaces de plasmar en escrito lo que nos muestra nuestra imaginación y las personas a las que les mostramos nuestro trabajo no ven lo mismo que nosotros.

Por eso insisto en que no existe tal miedo a la página en blanco, pensar en algo que escribir es fácil. Lo que es difícil es hacerlo de una forma amena y fluida que incite al lector a seguir avanzando en la historia.

En no tener que añadir personajes no ya secundarios, sino «que pasaban por ahí» para explicar como si fuera un anotador del teatro lo que está pasando para que el lector siga nuestros pensamientos.

Eso es un fracaso y lo sabemos, por eso no queremos escribir y la culpa es solo nuestra.

Está muy bien pensar que uno es un gran escritor, que nuestro próximo libro desbancará a la saga de Harry Potter… Pero sin práctica no se obtiene la perfección, sin ser críticos con nosotros mismos no se eliminan pequeños vicios.

Queremos la perfección, pero no queremos trabajar duro para obtenerla.

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